lunes, 17 de marzo de 2014

Ópera experimental y congelamiento social en La Vendedora de Fósforos

El Teatro Colón presenta


Algunos fuman en la entrada, otros se abrazan y saludan. Hay un par de italianos que, agitando sus programas, discuten acaloradamente las diferencias entre los compositores alemanes del resto de los europeos. Están en las escalinatas del Teatro Colón, esperando a que sea la hora para entrar a y ser testigos de una de las creaciones más experimentales y brillantes de los últimos tiempos: "La Vendedora de Fósforos".


Basada en el cuento homónimo de Hans Christian Andersen, el estreno latinoamericano de esta obra del compositor alemán Helmut Lachenmann –presentada por primera vez en la Ópera de Hamburgo en 1997-abre el programa de la tercera temporada del Colón Contemporáneo, creado por Martín Bauer en el 2012.


Además de utilizar el relato de Andersen como disparador, Lachenmann incorpora textos de Leonardo Da Vinci y Gudrun Ensslin, una de las fundadoras de la Fracción del Ejército Rojo. Así, entre proyecciones, zumbidos, y ecos desde la distancia, se crea una obra maestra de la época moderna.


El público comienza a entrar y se va acomodando en sus asientos. En la fila 6 de la Platea hay un pequeño inconveniente cuando una acomodadora se da cuenta de que se vendieron dos entradas para el mismo asiento. "Ya lo resolvemos", asegura, y sale corriendo a buscar alguna ubicación de igual calidad.


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El público comienza a ubicarse en sus asientos para ver "La Vendedora de Fósforos".


Muchos de los espectadores son habitués del Colón y se saludan con sonrisas, abrazos, apretones de manos y besos. Hay mucha gente joven en grupo; muchos aficionados de la música que esperan hace tiempo para presenciar la obra. Ojean sus programas en silencio y chequean sus celulares, mandando tweets y sacando un par de fotos antes de que comience el espectáculo.


Los músicos se preparan. Los violinistas se acomodan, ponen resina en sus arcos y soportes en sus instrumentos. Las cantantes hacen ejercicios vocales, y suenan sus diapasones para obtener aquel precioso "La" que las pondrá a tono. Y así entra el sueco Baldur Brönnimann, el director de la orquesta, en control de cada parte de una compleja creación instrumental. Y, con la orden de su batuta, llega la música.


Arrancan las cuerdas, vientos y percusiones de la Orquesta Estable del Colón, con el acompañamiento de Ralph Ehlers y Ashot Sarkissjan, integrantes del Arditti Quartett, quienes ya estaban familiarizados con las precisas técnicas extendidas de la escritura de Lachenmann. Las intérpretes son las sopranos Elizabeth Keusch y Yuko Kakuta, y, las pianistas, las japonesas Yukiko Sugawara y Tomoko Hemmi. Además, Mayumi Miyata está a cargo del Shô, instrumento musical tradicional de la cultura japonesa.


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Baldur Brönnimann dirige la Orquesta Estable del Colón.


"En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos. Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas", rezan unas líneas del cuento de Andersen, proyectadas al escenario por unos veinteañeros armados con en un palco trasero del teatro.


Según explica su autor, "La Vendedora de Fósforos" es "un monólogo interior que juega alrededor de las situaciones meteorológicas de la fábula de Andersen y los textos de Leonardo da Vinci. Hay frío, oscuridad, calor, viento, volcanes y es la música la que narra la historia, una historia ambivalente que, por ejemplo, muestra la congelación como metáfora de la indiferencia de la sociedad ante el individuo".


En el cuento, la niña, presa del frío y del congelamiento, trata de calentarse prendiendo unos fósforos que no puedo vender, pero esto no es suficiente, y termina muriendo. Y allí yace la crítica de Andersen, que Lachenmann resalta aún más: la de la indiferencia social ante la pobreza y la miseria. Y esto lo expresa con cada acorde, con cada sonido y con cada palabra, proyectada o narrada por él mismo, en un alemán potente y aterrador.


Y, luego de casi dos horas, finaliza "La Vendedora de Fósforos", ante la ovación interminable de una audiencia que no puede creer de lo que fue testigo, y que con gritos de "Bravo, Bravísimo", halagan a los músicos e intérpretes, pero especialmente a Brönnimann y Lachenmann, que se abrazan, sonrientes y satisfechos.


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La gente parte, luego de la brillante experiencia de "La Vendedora de Fósforos".





A través de http://www.argnoticias.com/espectaculos/item/7476-ópera-experimental-y-congelamiento-social-en-la-vendedora-de-fósforos

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